jueves, 5 de marzo de 2009

No es lo mismo. ¿O Sí?

Artículo publicado en Vistazo a la Prensa en marzo de 2009
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Un servidor tiene una amiga magistrada. Por suerte, ni a ella ni a mí nos va nada el tema cinegético, pero sí que se nos ha visto comiendo en un argentino, tomando un café –ella una infusión- en una cafetería, cenando con amigos en un restaurante, o incluso de copas y de cachondeo con toda una panda de gente en una discoteca. Entre las amistades de mi amiga encontraremos otros jueces, fiscales, abogados, forenses, cargos varios –técnicos y políticos- de la Administración, periodistas, policías, quizás camareros, monitores de aeróbic, quién sabe si sexadores de pollos o vendedores de cupones de la ONCE, y un amplio elenco de personas de diferentes profesiones que, en uno u otro momento, puedan llegar a tener alguna relación con ciertos procedimientos que pasen por su juzgado, o por el juzgado de un amigo.

Pese a quien le pese, mi amiga tiene derecho a tener cuantos amigos desee, y su honestidad –a la que se ha de sumar la de sus amigos- será la que le permita ir de cena, copas, bailoteo, paseo, o incluso de cacería si se diera el caso, con quien le dé la real gana, ya sea Bermejo, ya sea Garzón, ya sea un servidor. Porque no está en el acto que se comparte, ni en las personas con las que se comparte, el quid de la cuestión. El quid reside, insisto, en la honestidad de sus autores, aunque, si ustedes me apuran, estoy dispuesto a defender que también en la oportunidad de la reunión.

Resulta que en una cacería, a la que asisten más de cuarenta personas, coinciden Garzón, Bermejo y un mando policial. ¿Es honesto? Si coinciden exclusivamente para cazar tendremos que concluir que es honestísimo. Si es o no oportuno quizás sea otra cuestión. Si hacemos un ejercicio de empatía e intento ponerme en el lugar del Ministro –por aquello de que yo no soy el juez, sino mi amiga- no le encuentro el problema, porque mi amiga y yo, en nuestros encuentros, solemos hablar de libros -del último libro de Mendoza, que nos encantó a los dos, o del último de Stieg Larsson, que a mí me está gustando y a ella no le gustó demasiado-; del radar –traicionero a rabiar- que le fastidió tres puntos y doscientos euros a un servidor; de que si a ella se le ha roto la caldera del cuarto de baño y el manazas que se la arregla le ha arreado un sablazo de agárrate y no te menees; o de que mira por dónde que los del restaurante japonés de la esquina no son nipones sino chinos. Ni ella me cuenta nada que yo no deba saber, ni yo le pregunto nada que no deba preguntar. Ella es honesta, como un servidor intenta –y cree- serlo también.

Quizás algún lector pudiera llegar a afirmar que no es lo mismo –y ciertamente no lo es, que este columnista sólo intentaba ser empático- porque Bermejo y Garzón son quienes son. Bien. ¿Peligra la independencia judicial cuando un ministro y un juez de la Audiencia Nacional coinciden en una caza? No debiera, si ambos, ministro y juez, son honestos. Y a ambos, como a todo hijo de vecino, se les debiera suponer salvo prueba en contrario.

Cuando apareció la noticia de la coincidencia en la cacería, ni Bermejo ni Garzón lo negaron -recuerden este pequeño detalle y guárdenlo en el portapapeles de su memoria para más adelante-. Y no lo negaron, quiero creer, por la tranquilidad que les proporcionaba el tener la conciencia limpia.

Bermejo dimite. Bien. Allá él. Pero un servidor no piensa dimitir de nada el día que, después de haber tomado una cerveza con su amiga jueza, ésta condene a ese periodista de la competencia, que a un servidor le cae fatal, o cuando, después de habernos tomado un cortado, un servidor escriba una columna poniendo de vuelta y media al periodista de marras. ¿Por qué? Pues por esa palabra, bastante devaluada últimamente, que les citaba un par de párrafos más arriba: honestidad. Tanto si resulta condenado ese periodista imaginario como si un servidor lo pone a bajar de un burro en una de sus columnas será, exclusivamente, porque lo merezca. Y nada tendrán que ver en ello las amistades de un servidor.

Si a Bermejo y Garzón se les hubiese supuesto honestidad, ni el primero habría dimitido ni el segundo hubiera sido cuestionado. Si yo fuese Bermejo estaría, la verdad, muy cabreado. Si fuera Garzón, lo estaría aún más, sobre todo si ni siquiera el otro fuese mi amigo –lo que aún no ha quedado claro- y sólo hubiéramos coincidido por puro azar, en una cacería para más inri organizada por alguien del PP, que son quienes más cera han dado al uno y al otro.

Y ahora que Bermejo ha dimitido y que Garzón ha sido querellado, podemos hablar del PP, máxime después de que los resultados de los comicios autonómicos de Galicia y el País Vasco parecen señalar que los casos de corrupción instruidos por Garzón no han afectado al votante fiel al PP en esas Comunidades Autónomas -que, sospecho, era el miedo que tenían los de la gaviota-. A estas alturas, les debe traer al pairo que metan en la cárcel a algún que otro consejero, diputado o alcalde, que la memoria es frágil y aún quedan días para las próximas elecciones. Porque, visto lo visto, lo grave no era la trama de corrupción, sino la dichosa cacería. Cambiemos de tercio y de plano.

El día que Fernando de Rosa, número dos del Consejo General del Poder Judicial –órgano que, entre otras cosas, debiera velar por la independencia judicial- hiciera aquellas declaraciones en las que ponía como un trapo a Garzón, llegando a insinuar que el juez prevaricaba, el señor de Rosa no estuvo de caza. Pero sí mantuvo, según informa la prensa, un encuentro en la sede del Palau de la Generalitat de Valencia con el Presidente del Ejecutivo Autonómico, Francisco Camps, con el ex Ministro de Justicia Michavila y con varios miembros del PP regional entre los que se encontraba Rita Barberá, alcaldesa de Valencia. Casualmente, Camps acababa de enterarse por la prensa que podría aparecer como implicado del sumario Gürtel, instruido por Garzón y, también casualmente, salir de ese encuentro y aparecer de Rosa haciendo declaraciones defendiendo la honorabilidad de Camps e insinuando que Garzón podría estar prevaricando, fue todo uno.

¿Recuerdan el detalle que les pedí se guardaran en el portapapeles de la memoria? Pues bien, preguntado Fernando de Rosa por los periodistas sobre si asistió al Palau de la Generalitat ese día, contestó que no. Horas más tarde, cuando los periodistas consiguieron testimonios que lo ubicaban en el Palau con el resto de políticos, rectificó reconociendo que había estado allí, pero sólo a recoger unos teletipos. En definitiva el vicepresidente del CGPJ mintió. ¿Por qué? ¿Problemas de conciencia? Sabe Dios.

Todos los que tildaron de inoportuna –o de algo más grave- la cacería y que exigieron dimisiones a mamporro debieran ser ahora coherentes, pero, casualmente otra vez, la mayoría de aquéllos opinan que no es lo mismo. Y no lo es.

No lo es porque una cosa es coincidir en una cacería con más de cuarenta, y otra muy distinta que, después de que trascienda una llamada telefónica intervenida por la policía en la que una de las imputadas manifiesta haber abonado una factura de 30.000 euros para “pagarle los trajes a Camps”, éste se reúna con el Vicepresidente del CGPJ, en el domicilio de éste último. Tampoco es lo mismo que se vuelvan a encontrar una semana después, esta vez en el Palau, cuando Camps se entera de que el fiscal, del que no se conoce hábito cinegético alguno, lo implica en la trama de corrupción. Ni es lo mismo tampoco que ande con ellos un ex Ministro de Justicia que quizás no cace, pero cuyo bufete, también casualmente, asesoró a Uribarri, otro de los imputados en el caso Gürtel. Falta el dato, si quieren baladí, de que Fernando de Rosa, hasta hace cinco meses, fue Consejero de Justicia del Gobierno Valenciano a las órdenes de Camps.

Si se les presupone a todos honestidad, como deben ser igual de hijos de vecino que Bermejo y Garzón, habrá que presuponérsela también a éstos, al menos de momento- y por tanto este encuentro no debiera ser reprobable. ¿O sí? ¿Es oportuno? Si mis queridos reincidentes consideraron inoportuna la cacería, ya me contarán. ¿O no? Porque no es lo mismo. ¿O sí?

Alguien más debiera dimitir. ¿O no?

1 comentario:

Bagenc dijo...

Por si te sientes mejor...yo dos puntos y 135€.Jajaja!