jueves, 8 de mayo de 2008

La educación, la abuela y el ciclista.

Artículo publicado en Vistazo a la Prensa en mayo de 2008.

Cuántas veces habrán escuchado mis queridos reincidentes lo de que si esta juventud no tiene valores, que si ya no existe educación, que si ya no se respeta ni a los mayores… Y probablemente sea verdad. Estamos en crisis, perdón, palabra prohibida, digamos que hay una desaceleración en lo concerniente a la buena educación y las buenas costumbres.

Pero pasa que cuando llamamos mal educado a un crío, solemos hacerlo como si le recriminásemos al chaval la ausencia de educación, y resulta evidente que un zagal, por interés que le ponga el pobre, no se va a convertir en educado o en maleducado por sí mismo. Algo tendremos que ver los que ejerzamos de padres, maestros, e incluso de vecinos del ático.

Cuando circulamos por la calle con nuestro vehículo, escupiendo sacos y culebras, acribillando a toques de claxon al pobre que se le cala el vehículo al salir del estacionamiento, acelerando cuando el semáforo está en ámbar haciendo retroceder a la abuelita que se disponía a cruzar, o incluso cuando nos barrenamos la nariz con el meñique en la espera de un semáforo, también estamos educando a los menores que nos acompañan, e incluso a los que circulan dentro de los vehículos que nos rodean.

Cuando le discutimos a un guardia que nos recrimine el no llevar el perro atado, cuando insultamos a ese político que nos cae tan mal cada vez que lo vemos por la tele, cuando sacamos la basura al contenedor cuatro horas antes de lo que toca porque nos resulta más cómodo y nos pilla de paso, cuando llamamos “mamón” al árbitro en el fútbol, también estamos educando a toda criatura que tengamos a menos de veinte metros a la redonda. Así no es de extrañar que todas esas criaturas, se saquen mocos de la nariz con el meñique, pongan a como un trapo a cualquiera que salga por la tele y no les caiga en gracia y sean el terror de los peatones el día en el que sus papás y/o mamás les premien sus buenas –o malas- notas regalándoles un ciclomotor.

Y les cuento todo esto porque el domingo pasado, mientras paseaba con mi fiel perrita Magui –una Teckel toy de cinco kilos que es un primor- por un camino rural que conduce a un espacio natural muy frecuentado de esta zona, presencié un incidente que daría que pensar a todos los que nos quejamos de la crisis, perdón, desaceleración de valores pero que, en nuestra queja, nos quitamos de en medio huyendo de nuestra parte de responsabilidad, como si no fuera con nosotros.

Movía el rabo mi perrita muy contenta, como cada vez que tomamos ese sendero sin coches y con muchas hierbas que olisquear, cuando apareció en sentido contrario una pareja de abuelos, rondando los setenta. Vestían chándal y andaban muy deprisa. Se notaba que lo suyo no era un paseo relajante sino deportivo. Al acercarse, percibí en la abuela una expresión dulce. Pese al evidente esfuerzo sonreía, y quien les escribe pensó que aquella mujer, que en sus tiempos debió ser guapísima, seguro que era adorable para sus nietos, que tenían en ella una mujer simpática – aquella sonrisa no podía significar otra cosa-, llena de vigor –andaba que se las pelaba- con la que a buen seguro jugarían a mil juegos y de la que recibirían mil besos y cariños.

En estas, aparecieron a espaldas de los abuelos dos chavales en bicicleta. Rondarían ambos los catorce. En contra de lo que suele ser habitual a esas edades, circulaban con precaución. Se les notaba cuidado ante la circunstancia de tener que transitar por un paraje en el que abundan los peatones, muchos de ellos ancianos y niños. Un segundo antes de alcanzar la posición de los abuelos, observé complacido como los ciclistas se orillaban al lado contrario para guardar la máxima distancia posible entre ellos y los abuelos. Al hacer esto, uno de ellos tocó los frenos y éstos, por váyanse ustedes a saber qué ley física, chirriaron estrepitosamente.

La adorable abuela dio un respingo –venían por su espalda- y frunció el ceño. Su semblante sonriente se tornó iracundo y con un graznido estridente le dedicó al chaval la siguiente observación en medio de mil aspavientos:

- ¡¡¡Sinvergüenzaaaaaaaaaaaa, desgraciaoooooooooooo, me cago en tu madreeeeeee, hijoputaaaaaaaaaaa!!!

El responsable del frenazo, sin detenerse, miró a la abuela como preguntándose que a qué venía aquello. Me miró a mí con ademán interrogativo y yo intenté, con mis gestos y mi expresión, manifestarle que no hiciera caso y que siguiera, que no merecía la pena tener un enfrentamiento con aquel tigre de bengala disfrazado de abuela. El chaval, bien educado, cumplió con lo de a palabras necias oídos sordos y siguió su camino.

Un servidor estuvo tentado de reprender la actitud de la abuela, ni que fuese con un comentario conciliador y evidentemente educado, pero como ya saben mis queridos reincidentes que quien les escribe intenta últimamente no salirse en lo posible de su estado sereno y ataráxico, y, muy especialmente, viendo el carácter y la furia de la señora, este columnista se limitó a indicarle a su perrita, con un ligero tirón de cadena, que ése no era el mejor momento ni lugar para hacer sus necesidades, y se dispuso a seguir su camino, pensando, primero, que tengo un ojo clínico infalible para con las abuelas y, segundo, en todo lo que les relataba en los cuatro párrafos que dan inicio a este artículo, momento en el que el acompañante del chaval del frenazo, y hallándose ambos ya fuera del alcance de la abuela guerrera, se levantó un poco sobre el sillín de la bici, se bajó el calzón de deporte, y le mostró el culo a la abuela a la vez que le gritaba.

- ¡¡¡Abuelaaaaa, toma, anota la matrículaaaaaaa!!!

No quieran ver cómo se puso la abuela y lo que llegó a salir por aquella boca, actitud que no hizo en el ciclista-exhibicionista más que provocar su insistencia en la exhibición ostentosa de sus posaderas.

- ¡¡¡ Ven aquí hijoputaaaaaa!!! ¡¡¡Que te voy a enseñar educación!!!
- No voy. Anótame la matrícula si quieres.

Y de nuevo otra exhibición malabar sobre la bici: una mano sobre el manillar y la otra tirando hacia abajo del pantalón.

- ¿La has anotado ya o te la enseño otra vez?

Sinceramente, he de reconocerles que tuve que hacer esfuerzos para no carcajearme allí mismo, pues indudablemente la situación era cómica, pero un servidor, que sí estaba al alcance de la abuela, no quiso poner a su perrita en el incómodo brete de tener que defender a su dueño de una abuela con instinto de boina verde.

A todo ello el chaval del frenazo, que quizás se sintiera responsable de la situación, me miraba y con la mano me hacía un gesto de disculpa, como diciéndome que aquello no iba conmigo y pidiéndome perdón por lo impulsivo de su amigo. Dudé un instante, pero, qué narices –pensé- la abuela se lo tiene merecido. Acto seguido le mostré al chaval el gesto de pulgar hacia arriba queriendo expresarle algo como: “no te preocupes, que tu amigo ha estado sembrado y la abuela lo estaba pidiendo a gritos”.

Actitud poco responsable y nada educativa, lo reconozco pero… uno no es un santo y le sale solo eso de ponerse del lado del más débil, porque lo que está claro es que si la abuela agarra a cualquiera de los dos ciclistas, de allí sale arañada hasta mi perra.

En un hipotético examen de urbanidad nos hubieran suspendido a los tres. Obviamente a la abuela, por deslenguada y maleducada; al chaval exhibicionista, por motivos obvios y, cómo no, a un servidor. Que mucho mejor hubiese quedado quien les escribe -incluso con su conciencia- si hubiese respondido al chaval con ese gesto de reprimenda comprensiva y tolerante de leve negación con la cabeza, en vez de declararme decidida y abiertamente adicto a su causa.

Y es que cuando un adulto pierde los papeles -como los perdió la abuela- delante de un niño es incoherente, incluso cínico, pedirle a ese niño educación.

Desde luego que la más inteligente y educada de todos los allí congregados fue mi perrita Magui, que pese a mirarnos a todos como diciendo “desde luego que los humanos sois de un raro que te rilas” se abstuvo de tomar partido por nadie y supo controlar sus necesidades y sus instintos hasta llegar al lugar indicado. Cosa que ni la abuela, ni el ciclista-exhibicionista, ni un servidor supimos hacer.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Pues esto viene a ser comoun jefe me dijo una vez:

La gente ve a hoy día que sale agua debajo del motor de un Renault 5 (pe)y piensa que le petó el radiador. Si ve lo mismo en un Audi A-4 piensa"ah! claro, el aire acondicionado".

Mi jefe añadió: Hay que conseguir que vean nuestro servicio como un Audi A-a ,para disimular bién cuando pete el radiador...

Anónimo dijo...

Je, je, me despité en este blog...

Se me olvidó decir que la abuela vió a los jóvenes como presuntos maleducados susceptibles de atropellar ancianas y antes de nada comprobable ya les insolentó.

Miguel Martínez dijo...

Sr. Anónimo, esas mismas palabras las escuché yo el dia 22 de abril en un parador nacional de Cataluña. Casualidad?