miércoles, 26 de diciembre de 2007

Turismo de aventura: Túnez con Iberojet.

Artículo publicado en "Vistazoalaprensa.com" en agosto de 2007

El día que un servidor se jubile –o antes si acierta una primitiva de ésas que quitan el hipo y que permita a quien les escribe liberarse de sus numerosas (y a todas luces excesivas) obligaciones profesionales- le gustaría poder escribir un libro de viajes. Así, cuando un servidor lleva a cabo un viaje va siempre provisto de su libretita y su bolígrafo con el que tomar notas; no sólo de lo que ve, sino de lo que siente y de lo que el resto de sus sentidos perciben. A estas alturas, y tras haber tenido la enorme suerte de visitar numerosos países y haber pisado con sus zapatillas el suelo de cuatro continentes, un servidor ha conseguido reunir unos cientos de páginas de anotaciones con las que algún día acometer el reto de dar forma a un libro que aglutine todo ese acopio de lugares, personas, culturas, situaciones y sensaciones que uno guarda en sus libretas y en su memoria. A ese libro no podrá faltarle un capítulo dedicado a los mayoristas: esas empresas que tienen por misión coordinar los diferentes servicios que han de organizarse para que vuelos, hoteles, restaurantes, autobuses y guías turísticos proporcionen al viajero ese placer que es, sin duda, uno de los mejores que el dinero puede comprar: el placer de viajar. En cualquier caso, la profesionalidad –o la ausencia de ésta- de las personas que son contratadas por los mayoristas van influir en el viaje lo suficiente como para que éste sea un verdadero placer o, como en el viaje que a continuación les describo, una interminable sucesión de reiterados despropósitos. Iberojet fue el mayorista a través del que quien les escribe contrató su viaje a Túnez: un circuito que tenía por nombre “Súper Plus Confort” que garantizaba estancias en hoteles de 4 y 5 estrellas –no quiero ni imaginar el suplicio que habrán pasado los pobres que eligieran el “Túnez a tu alcance”, bastante más económico y con estancias en hoteles de 2 y 3 estrellas- en un recorrido en el que durante 8 días se visitaban los principales lugares de interés turístico a lo largo y ancho del país. Para descansar de semejante tute, algunos incautos –aunque por aquellos entonces aún no sabíamos que lo éramos- traíamos decidido desde España pasar cuatro días más, otros cuatro largos días con sus correspondientes largas noches, en el entorno paradisíaco –frase que nunca falta en ningún libro de viajes- de Hammamet, en un pedazo de Hotel de 5 estrellas, completamente nuevo –según el catálogo-, con playa privada y con todas las comodidades y servicios imaginables.

Y llegados a este punto, ruego a mis queridos reincidentes me permitan el ejercicio, a modo de anticipo, de escribir parte de lo que en su día quizás sea un libro de viajes como Dios manda y que, además, sirva a un servidor de desahogo y a sus queridos reincidentes de advertencia de lo que puede acontecerles en el caso de que decidan contratar su viaje a Túnez con Iberojet, a la vez que constituya también queja formal a ese operador, habida cuenta de que nos resultó imposible presentar reclamación oficial alguna ante el representante de Iberojet en Túnez, por su tremenda habilidad en darnos esquinazo primero, y por el incumplimiento sistemático y reiterado de su palabra después.

Y es que a menos que uno viaje por su cuenta y riesgo –cosa no siempre recomendable cuando se desconoce el país y muy recomendable cuando uno ya se ha cerciorado de que puede hacerlo sin riesgos- es el mayorista, les decía, el responsable en gran parte de la impresión y la imagen que el viajero se lleva del país que visita, y ésta es la que Iberojet ha dejado sobre Túnez en quien les escribe y que ha resultado ser coincidente con la de los treinta y tantos españoles que formamos aquel grupo de cándidos -y reiteradamente tangados y exprimidos- sufridores.

Túnez es, además de un país de contrastes –frase con la que se describen la mayoría de los países en la mayoría de los libros de viajes- un país de sorpresas. Porque no me negarán mis queridos reincidentes que no es sorprendente que cuando uno pierde una maleta en el aeropuerto y se queda sin nada que ponerse, la cantidad adelantada por el representante del mayorista para adquirir lo imprescindible sea de 25 dinares (unos 15 Euros). Con 25 dinares uno puede comprarse infinidad de enseres de primera necesidad en Túnez, tales como una pandereta con la estampa de un mehari, una máscara tuareg de piel de camello, un botijo en forma de dromedario o una camiseta estampada con la caricatura de un camello –el mismo de la pandereta- sonriente, pero no le llega para una muda de ropa interior, un tubo de dentífrico y un cepillo de dientes. Lo que no resulta sorprendente –por ser lo habitual, que no lo normal, en cualquier destino- es que el mayorista culpe a la compañía aérea de la pérdida de la maleta, la compañía al aeropuerto de origen y éste a los dos anteriores, ni que a estas alturas la maleta siga desaparecida y que tras las quejas a unos y a otros, éstos hayan llegado a la conclusión de que la maleta en cuestión no existe. Puedo asegurarles, mis queridos reincidentes, que aunque quizás a estas alturas no exista, hubo un día en el que sí existió. Era rectangular, tenía una asa para cogerla y llevaba en su interior la ropa de una almeriense simpatiquísima y con un sentido del humor a prueba de bomba –y a prueba de maletas extraviadas-, dos cargadores de móvil, otros dos de cámaras de fotos, un neceser con enseres de aseo personal y varias latas de foie gras, que uno no sabe nunca qué comida va a encontrarse por esos mundos de Alá. También se puede calificar como sorprendente que a los tres días de llegar, una vez iniciado el circuito, el guía informara a los propietarios de la maleta extraviada -la que ya no existe-, que ésta por fin había aparecido en Túnez capital y que esperaría allí hasta el regreso; resultaba asimismo sorprendente que no pudiese orquestarse la manera de hacer llegar la maleta hasta cualquiera de los hoteles del circuito en los días sucesivos, y que, llegados de nuevo a la capital y faltando aún dos días para el regreso a España, tampoco se pudiese conseguir del guía que acompañara al aeropuerto a los propietarios de la maleta para recogerla, y es que manifestaba estar muy cansado el pobre –no es de extrañar, que iba siempre el hombre con prisas él y metiéndonoslas a nosotros durante las visitas- si bien luego le renacieron -cual Ave Fénix- las fuerzas, que no en vano fue visto de juerga a las tantas de la madrugada. Quizás el guía estaba dotado de percepción extrasensorial y ya sabía que la maleta no existía. Así que ya lo saben, si viajan a Túnez con Iberojet sus maletas corren el riesgo, no ya de extraviarse sino de dejar de existir. ¿Existirá un limbo donde van a parar las maletas que existieron pero ya no existen?

Dejemos por un momento las sorpresas y volvamos a los contrastes. Los tunecinos cuando se encuentran trabajando en los hoteles son muy tranquilos, tranquilísimos; mientras que cuando se dedican a vender en los zocos son hiperactivos. Les cuento: respecto a la tranquilidad, uno puede pedir las bebidas –la comida se la sirve cada cual al ser en régimen de bufé en todos los hoteles- y acabará de comer, habrá tomado el postre, y sólo entonces aparecerá el camarero con las botellas de agua. No se esfuerce en decirle que no la abra y que ya no la necesita; con tranquilidad y parsimonia la abrirá, se la dejará sobre la mesa y se la apuntará a la cuenta de su habitación mientras usted en inglés, francés y por señas le insiste en que ya no la quiere. Sin embargo, cuando venden en los mercados se transforman: ojo avizor localizan a su presa –o sea, a usted- desde lejos, deducen su nacionalidad y antes de que acabe usted de llegar ya le esperan:

- Hola, tú español. ¿Qué pasa nen? Pantoja, opá voy a hacer un corrá. ¿Dónde tú eres, Madrid o Barcelona?

Y si usted responde con uno de los dos lugares le recitarán la alineación del equipo de fútbol correspondiente, los nombres de pila típicos del lugar y le ofrecerán un maravilloso tambor berebere –made in China, por supuesto- por el que sólo le pedirán 150 dinares, y lo perseguirán, si hace falta, hasta el fin del mundo rebajando el precio hasta 5 ó 10 dinares. Si usted los ignora, o les manifiesta su desinterés en ese producto, automáticamente lo nacionalizarán catalán aunque sea usted de Lugo:

- Tú catalán agarrado. Españoles mucho hablar, poco comprar. Mejor franceses.

Un servidor les recomienda que cuando le pregunten por su procedencia les contesten con un lugar poco conocido para ellos, como Los Gallardos o San Martín del Tesorillo, o, mucho mejor, lugares inexistentes, como San Prepedigno del Quinto Pino o Teruel. Tal treta causará en el vendedor el desconcierto suficiente como para proporcionarle los segundos de ventaja que usted necesita para abandonar el zoco antes de que lo catalanicen y le llamen roñica. En las tiendas de precio fijo, que curiosamente uno no descubre hasta el final del viaje merced a la política de inmersión cultural a la que les somete el guía, no le atosigarán y conseguirá los mismos productos a precios más baratos de los que obtendría tras el más feroz y agotador de los regateos.

Tal y como les contaba, sorprendente es el adjetivo que encaja mejor con Túnez, y sus hoteles, para no ser menos, no dejan de sorprender al ingenuo que se instala en ellos creyendo que las cadenas hoteleras mantienen en Túnez el estándar que se les supone respecto a los hoteles en otros lugares.

Si usted se instala, por poner un ejemplo, en el hotel Abou Nawas, un coloso de cinco estrellas situado cerca de la Avenida Burguiba, en pleno centro neurálgico de la capital tunecina, usted puede sorprenderse con las siguientes excentricidades, a buen seguro que estudiadas con detenimiento por sus responsables para asegurarse en los viajeros asombro suficiente como para que el viaje a Túnez resulte del todo inolvidable:

- Cuando se siente usted en las butacas dispuestas en la terraza de la habitación comprobará cómo una densa capa de polvo y suciedad se adherirá a su ropa y a su piel. A eso se le llama fundirse con el país. Cuando quiera desprenderse de la parte de Túnez que se ha fijado a sus manos y brazos –y piernas si viste falda o calzón corto- y quiera darse una ducha existe la posibilidad de que la bañera no desagüe. Cuando llame usted a recepción solicitando que la arreglen, le contestarán que en cinco minutos le enviarán a alguien. Llegado a este punto comprobará cómo la concepción del tiempo que tiene el empleado de hotel tunecino no siempre se corresponde con la que tenemos los europeos. Así, cinco minutos tunecinos pueden corresponder, fácilmente, a 18 horas españolas, que es lo que tardaron en enviar a alguien a reparar la bañera después de insistir cuatro veces en que subiera un técnico o, al menos, prestasen a quien les escribe una llave inglesa y un destornillador.

- Si consume usted un gin-tonic en ese mismo hotel intente hacerlo sólo, porque si son dos les harán compartir la tónica. Sí, lo han leído ustedes bien, una tónica para cada dos gin-tonic. Inaudito en un hotel de cinco estrellas. Sí están de acuerdo con la categoría del hotel los precios de las consumiciones. En eso no tienen nada que envidiar a los mejores hoteles del mundo, resultándole a usted más barato tomarse un café expreso en el Roosevelt de Nueva York que en el Abou Nawas de Túnez.

- Si usted cambia euros por dinares en la recepción de ese hotel, le harán firmar un documento en el que consta el dinero que le entregan. Si comprueba el cambio y cuenta las monedas –son muy aficionados a cargarte de monedas, más difíciles y engorrosas de contar- verá como sistemáticamente se quedan con parte del cambio, a menos que usted lo pida, en cuyo caso se lo darán de mala gana. Inaudito de nuevo en un hotel de cinco estrellas.

- Si un turista se tropieza y le echa por encima un plato de spaghetti con salsa de tomate– no se rían, esas cosas pasan, que se lo pregunten si no a la almeriense simpática de la maleta que no existe- por mucho que el suelo quede hecho una porquería, no pretenda que lo limpien. Si insiste usted lo suficiente como para que le hagan caso le sugerirán que se cambie de mesa y los spaghetti quedarán en el suelo durante toda la velada. Deliciosamente inaudito y profundamente pintoresco, ¿verdad?

Aún así, el Abou Nawas fue uno de los mejores hoteles en los cuales un servidor tuvo la suerte de hospedarse, y hago referencia a la suerte porque mucho peor sería más al sur, en Kebili, en el hotel Oasis, de cuatro estrellas y muy cerquita del Sahara tunecino, donde un servidor encontró un surtido muestrario de insectos entre las sábanas –de cuyas caricias aún conservo picaduras como habas-, que se entretenían jugueteando con pelos humanos de diferentes tamaños y morfología, un variado ecosistema -digno de ser declarado reserva de la biosfera- bajo la alfombra de plástico de la bañera, antiguas deposiciones sólidas del anterior huésped –o váyanse a saber de quién o de qué- en el váter, toallas húmedas –alguna de ellas descaradamente empapadas- usadas por algún ser vivo para limpiar –o limpiarse- una sustancia o sustancias de color oscuro no identificadas, y un televisor de no menos de veinticinco años –aunque por la cantidad de suciedad acumulada bien podría tener tres o cuatro siglos- que no funcionaba, detalle éste de escasa importancia pues, tal y como estaban las habitaciones, casi todos los huéspedes pasaban la mayor parte del tiempo en la piscina en la que, dicho sea de paso, flotaba una especie de espumilla efervescente que rodeaba a todo aquel que osara sumergirse en ella.

Podría aburrirles –o prevenirles- bastante más, citándoles el hotel Iberostar Solaria (cinco estrellas) de Hammamet, donde el precio del café expreso fluctuaba arriba y abajo cual barril de petróleo en tiempo de guerra y costaba un día un dinar y medio, y dos dinares y medio al siguiente –salvo queja en recepción, en cuyo caso aparecía el camarero con el dinar perdido alegando un lamentable error- o donde un compañero del grupo se pasó tres días intentando –sin éxito- que le arreglasen el televisor, o donde algún que otro camarero regalaba pulseras de “todo incluido” a algunas jovencitas de agraciado físico; o el Ras El Ain (cuatro estrellas) de Tozeur –quizás el mejor hotel de todos los visitados pese a lo que a continuación les cuento- donde un camarero reponía las bandejas del bufé recogiendo con los dedos las albóndigas que habían caído en las bandejas contiguas para luego depositarlas en su alojamiento correcto. En fin, de nuevo deliciosamente inaudito e indudablemente pintoresco. Aunque peor suerte tuvieron el grupo de 150 españoles que llegó a Túnez el domingo pasado con la agradable sorpresa de que, por un inexplicable error, no disponían de habitaciones donde alojarse. Les decía que muchos más fueron los despropósitos, los errores de coordinación entre los diferentes hoteles y transportes, el abandono y el allá te las compongas que sufrimos repetidamente aquel grupo, pero bastante extenso es ya este artículo. Si finalmente escribo ese libro de viajes, les contaré además las dos horas largas que nos dejaron tirados como colillas en la recepción del Solaria y unas cuantas decenas más de marranadas por el estilo.

Porque no crean ustedes, mis queridos reincidentes, que toda esta sarta de de despropósitos se producen a causa de la desidia y la desorganización. Llegar a esa conclusión sería, sin duda, de malpensados. Todo ello no es más que producto del esfuerzo que lleva a cabo Iberojet para que sus viajeros no se amuermen durante el viaje y se encuentren activos y en constante vigilia –que es cuando más se disfruta de un viaje pues no se pierde uno detalle- para evitar que unos y otros se la cuelen doblada. Vita vigilia est, fue el lema de Flabio según nos relata Ross Leckie en su “Escipción el Africano”, personaje a quien nunca agradeceré lo suficiente su destacada participación en la victoria romana en las Guerras Púnicas, pues, de lo contrario, quizás a día de hoy seríamos todos tunecinos y estaríamos invadidos por guiris puntillosos que pretenden no mancharse el pantalón cuando se sientan en la terraza de un hotel de cinco estrellas.

Por suerte, con el paso de los días -o mejor, con el paso de los meses- aquel grupo de magníficos –como fuimos bautizados por el guía tunecino- olvidaremos todos esos ligeros –y no tan ligeros- contratiempos e inconvenientes, olvidaremos incluso cómo a los tunecinos les cobraban 100 milimes de dinar (unas 10 pesetas) por un café mientras que al cristiano que pagaba detrás de él le cobraban quince veces más, olvidaremos también aquel vendedor malcarado que en el zoco de Hammamet llamó cabrón al turista que osó decirle que aquel cinturón de marca era falso -y era más falso que un billete de nueve euros-, olvidaremos al policía que exigió 5 dinares a un matrimonio de abuelillos por pedirles un taxi que les sacara del suburbio al que otro taxi los había llevado engañosamente, o al conductor del trenecito turístico que nos vendió billetes de ida y vuelta que resultaron ser sólo de ida. Pasados unos meses tan sólo recordaremos la espectacular inmensidad del desierto, la inigualable sensación de caminar sobre las dunas, la insólita aparición en medio del Sahara de dos mocosos en una destartalada Mobilette con un cargamento de collares que vendieron luego a tres dinares cada uno, los espectaculares espejismos que nos mostraban inmensos lagos donde no había más que arena, los zorrillos del desierto, el chapuzón en el oasis, los váteres calidad “confort” cerca de Argelia, junto al Lago Salado o el increíble paseo en dromedario a través de las dunas del Sahara, y, sobre todo, aquel grupo de magníficos –acertó el guía con el adjetivo- viajeros con los que compartimos, al alimón, tantas dichas y tantas desdichas.

Afortunadamente todo lo descrito en el párrafo anterior no nos lo pudo robar Iberojet. Muchísimas gracias y hasta siempre, mis queridos magníficos. Fuisteis, sin duda alguna, lo mejor del viaje.

2 comentarios:

Paulette dijo...

Dejeme decirle que me ha dejado tarea, porque todos sus articulos estan muy buenos.

Lo mio son los numeros, pero cuando leo es para leer algo interesante como sus articulos.

Miguel Martínez dijo...

Muchas gracias, querida Paulette. Estoy encantado de tenerla entre mis queridos reincidentes. En cuanto a su anterior pregunta en otro comentario, decirle que sí estoy casado y que tengo 42 años.

Un abrazo